| EL PALACIO DE MARI En la lista de los reyes sumerios que nos han transmitido las antiguas tablillas cuneiformes, está escrito que, hacia finales del period denominado predinástico, hacia el 2500 a. C., Mesopotamia estuvo gobernada durante más de un siglo por el rey de Mari, una ciudad situada en el curso medio del Éufrates. No se sabe mucho de la veracidad de esta afirmación. Lo cierto es que esta poderosa ciudad fue el centro de un estado que, durante buena parte de la historia del Próximo Oriente antiguo, luchó con fuerza y astucia por su independencia y por el predominio político en el norte del país de los dos ríos. La ciudad fue conquistada y saqueada por el gran Sargón de Acad, que la anexionó a su imperio; posteriormente, después del fin del poder acádico y la ascensión al trono de Ur-Nammu, la ciudad se convirtió en una importante capital provincial del nuevo gran imperio conocido como la tercera dinastía de Ur (2113-2006 a. C.) Después de la caída de Ibbi-Sin, el último rey de la dinastía, bajó la presión de poblaciones normales, en primer lugar de las tribus amorritas, el marco político se volvió muy confuso. Hacia 1900 a. C., gentes de estirpe semítico-occidental, acaso procedentes de la región de Alepo, ocuparon nuevamente la ciudad, y en poco tiempo la transformaron en un poderoso estado en expansión a lo largo de las orillas del Éufrates. Entre victorias y derrotas militares, los reyes de Mari lograron abrirse un acceso al mar, y en consecuencia al control del rico tráfico costero. En ese momento el rey Iahud-Lim fue asesinado por sus sirvientes, y el poderoso rey asirio Samsi-Ada se adueñó de la ciudad. El monarca nombró como gobernador a su hijo Iasmah-Adat. Con este golpe de mano, a la posesión del valle del Tigris se añadían la del Éufrates y el anhelado acceso al mar. De este modo nacía el primer imperio de los belicosos pueblos del Tigris. La antigua ciudad fue identificada por casualidad en verano de 1934, cuando un grupo de beduinos, al excavar la tumba de un pariente en la ladera de una colina conocida como Tell Hariri, encontró algo extraño. Explicaron a Emile Cabane, teniente francés encargado del control de la zona, que "un gran hombre" sobresalía del suelo. En realidad se trataba de una gran estatua de piedra de unos 300 kilos de peso del dios Samas. La noticia viajó de Beirut a París, donde el Museo del Louvre encargó a André Parrot, un joven investigador, que comenzara las excavaciones arqueológicas. Las tareas de excavación comenzaron en diciembre de 1933. En enero de 1934, Parrot estaba seguro de haber indentificado la localización de la legendaria ciudad: en el hombro derecho de una estatua, los epigrafistas leyeron las palabras Lamgi-Mari, "rey de Mari". La estatua pertenecía a las ruinas del templo de Istar, diosa del amor y de la guerra, un enorme complejo que se extendía sobre unos 4000 metros cuadrados, en el que los franceses encontraron un gran número de estatuas votivas de yeso y alabastro. La excavación del gran templo y el estudio de sus complejas fases de reedificación requirieron cuatro campañas de excavaciones. Entre 1937 y 1938 se excavaron los restos del gran zigurat, o torre-templo de la ciudad, que se remontaba al III milenio a. C.; era una imponente masa de adobes, que aún se elevaba nueve metros, y cuya base medía 40 x 25 m. Pero los mayores descubrimientos de Mari fueron objetos sin duda menos impresionantes algunos centenares de tablillas de arcilla con caracteres cuneiformes. Para indicar los primeros 40 años del siglo XVIII a. C., los arqueólogos hablan frecuentemente del Periodo de Mari. Ello se debe al descubrimiento de los archivos reales de la ciudad, que, junto a otras tablillas halladas en otras ciudades contemporáneas, nos ilustran con detalle no sólo acerca de los importantes acontecimientos de la historia de aquellos años, sino también de un sinfín de episodios menores que nos ofrecen un cuadro muy rico de la vida en la antigua Mari. De este modo hemos sabido que Iasmah-Adat era dócil y obediente, pero también débil y vacilante. En aquella época, Mari seguía agobiada por las agresivas poblaciones semíticas nómadas. Los asirios intentaban controlarlos con una compleja política de acuerdos militares, enrolamientos en las guardias reales y distribución de tierras y víveres; sabemos que Iasmah-Adat, amante de la vida tranquila, proporcionó a los nómadas las barcas necesarias para navegar sobre el Éufrates, y que incluso se casó con la hija de un jefe nómada. Pero los enemigos más peligrosos se encontraban al sur, en las ciudades de Esnunna y, sobre todo, de Babilonia. Fue el gran rey Hammurabi, que reinó entre 1792 y 1750 a. C., quien rompió los frágiles equilibrios políticos de su tiempo, unificando todo el país de los dos ríos, acabando con el poder asirio en el norte y, finalmente, destruyendo la potencia de Mari.
Los frescos inmortalizan escenas rituales: el sacrificio de los toros, en el que una gran figura envuelta en un rico atuendo decorado con franjas y otros personajes menores conducen animales con las puntas de los cuernos doradas o plateadas; el rey de la ciudad en el momento de "tocar la mano" de la diosa Istar (un acto que simbolizaba el antiquísimo ritual sumero de la consagración anual del soberano), y otras ofrendas y libaciones sagradas a una diosa. Otro fragmento nos ofrece una escena muy frecuente en las iconografías del Próximo Oriente antiguo: la guerra, con figuras de soldados enemigos.
|