| LA TUMBA DE FILIPO II
Las excavaciones modernas, iniciadas en los años 1937-1938, descubrieron otras partes del "palacio" identificado anteriormente por Heuzey, junto con el teatro y los cimientos de un templo pequeño. Pero los descubrimientos más extraordinarios se remontan a finales de los años setenta, cuando las excavaciones en la necrópolis, dirigidas por el arqueólogo griego Manolis Andronikos, revelaron al mundo la sensacional identidad de las ruinas. En efecto, el yacimiento de Vergina no era sino la antigua ciudad de Aigai, la capital del poderoso reino de Macedonia. Desde finales del s. V a. C., cuando el rey Arquelao construyó su nueva capital en Pella, las fuentes mencionan la ciudad de Aigai tan sólo en raras ocasiones. El acontecimiento que hizo elevar la ciudad al honro de las crónicas de la época fue el asesinato de Filipo II de Macedonia, ocurrido en el teatro de la antigua capital en el año 336 a. C. Vergina se vería relacionada nuevamente con la imagen del padre de Alejandro Magno, gracias a los descubrimientos del "cementerio de los túmulos". La gran necrópolis se extiende al este de la pequeña localidad de Vergina, en un área de 1 km cuadrado, aproximadamente, en la que se encuentran más de 300 túmulos funerarios. La mayor parte de éstos no superan el metro de altura, y su diámetro varía de los 15 a los 20 m. Las indagaciones arqueológicas han demostrado por otra parte que la edad de los túmulos difiere notablemente. El más antiguo se remonta a la primera Edad del Hierro (1000-700 a. C.), y el más reciente al periodo helenista (hasta el s. II a. C.). En los límites occidentales de la necrópolis se encuentra un túmulo de dimensiones totalmente excepcionales. Se trata de una auténtica colina, de 110 m. de diámetro y más de 12 m. de altura. Cuando, en la segunda mitad del s. XIX, Léon Heuzey registró en sus apuntes el gran monumento, escribió: "Se trata ciertamente del más bello de los túmulos de Macedonia... En el interior de éstos, como en las tumbas subterráneas de Egipto y de Etruria, existe algo más que una mera selección de objetos antiguos. En estos túmulos yacen la vida y la historia de todo un pueblo en espera de ser descubiertos".
El descubrimiento superaba en mucho cualquier expectativa. En el interior de la tumba había numerosos objetos, entre los que destacaban finísimas vajillas de bronce y plata, armas y partes de armadura, una gran espada, canilleras, yelmos y puntas de lanza. Un escudo de oro y plata yacía hecho pedazos; una coraza de hierro, acabada con un delgado fileteado de oro y tachuelas en forma de cabeza de león, yacía a poca distancia del sarcófago. Una vez levantada la tapa del sarcófago de mármol situado en el centro de una pared de la cámara, los arqueólogos se encontraron ante el descubrimiento más emocionante: una urna de oro ricamente decorada, en cuya tapa figura una gran estrella de 16 puntas. En su interior estaban los restos de los huesos del difunto, junto a los fragmentos de una corona compuesta por los centenares de láminas de oro.
El descubrimiento de los objetos conservados en la antecámara suscitó un gran asombro. En este punto, apoyados en la jamba de la puerta que conducía a la cámara sepulcral principal, había una extraordinaria aljaba de oro repujado y dos canilleras de bronce. Un sarcófago de mármol con una segunda urna de oro, esta vez decorada con una estrella de tan sólo 12 puntas, custodiaba los restos de una mujer. Inmediatamente quedó claro lo siguiente: la tumba, con su contenido, que representa el mayor tesoro hallado en una tumba griega, era la de Filipo II, el decimoctavo rey de Macedonia, que reinó desde el 359 hasta el 336 a. C. y restableció la paz en sus tierras, conquistando el dominio sobre Grecia. En cualquier caso, no faltó un indicio "directo" para confirmar esta atribución: en una pequeña cabeza-retrato de marfil (parte de una cama enteramente realizada con marfil, cuyos fragmentos estaban esparcidos por centenares en la cámara funeraria), se reconoce, en toda su vital expresividad, el rostro del gran macedonio. |