Figura de un hipopótamo. Figura de un erizo. Fayenza. Longitud, 9 cm. Procedencia desconocida. Hacia 1800 a. C. Museo Egipcio de Berlín.
Si bien un examen histórico-artístico del arte antiguo egipcio es indispensable para aprehender el lenguaje iconográfico de los egipcios, no debemos olvidar que las obras de arte egipcio cumplen siempre una función determinada que, en la mayoría de los casos, es de índole religiosa. Incluso obras de apariencia puramente terrenal, como las que aparecen en las fotografías, fueron sin duda alguna motivadas por creencias religiosas.

En el caso del hipopótamo, esto se hace evidente a través de la pintura en absoluto naturalista, cuyos insólitos colores y plantas acuáticas señalan el biótopo del animal. El agua no sólo simboliza el Nilo sino también el océano primitivos, Nun, donde nace toda la vida. Así, esta ofrenda funeraria debe garantizar la vida eterna, al mismo tiempo que la boca abierta del hipopótamo ha de conjurar el mal.

El simbolismo religioso del erizo, en cambio, no ha sido averiguado debidamente, aunque aparece en numerosas figuras y amuletos.

Más allá del valor religioso de ambos animales, su elaboración artística es otro ejemplo de la maestría de los egipcios a la hora de representar lo esencial. Las proporciones del hipopótamo no son del todo naturales; comparada con el cuerpo, la cabeza es demasiado grande. A pesar de esto (o quizás justamente por ese motivo), esta figura expresa de manera inequívoca lo típico de un hipopótamo. Lo mismo puede decirse del erizo, animalito que no podría ser representado de manera más acertada con sus púas, sus orejas y su hocico oblongo. Ejecutadas en fayenza de colores muy vivos, estas figuras son productos típicos del Imperio Medio.

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