INÉS

Su nombre se tomó del adjetivo griego agné que, al igual que Catalina (Katharos), significa "pura", "casta". Por ota parte, los romanos lo vincularon con el sustantivo latino agnus (cordero), aunque no haya relación etimológica alguna. De esta etimología popular deriva la leyenda de la santa. Se ha creído que semejante nombre podía ser un símbolo (virgo casta) antes que una persona real, tanto más por cuanto la existencia histórica de santa Inés resulta dudosa.

El documento más antiguo que la concierne es el Cronógrafo del año 354, según el cual, el 21 de enero se celebraba la fiesta de Agne (la Casta) en la catacumba de la Via Nomentana.

Al principio existían dos tradiciones distintas que se referían a dos mártires homónimas, que luego resultaron confundidas. Según san Ambrosio y san Dámaso, Inés sería una niña martirizada a los doce años de edad, no por decapitación sino degollada. Su martirio habría ocurrido hacia 305, durante la persecución de Diocleciano. La tradición griega, diferente, concierne a una virgen adulta. Según el Menologio de Basilio, Inés se habría negado a ofrecer sacrificios a los dioses. Las dos tradiciones, latina y griega, no tardaron en fundirse y enriquecerse con nuevos rasgos legendarios, como el milagro de los cabellos y el manto, que fue popularizado por la Leyenda Dorada.

Enamorado de ella el hijo de un prefecto, Inés lo rechazó, cayendo el pretendiente enfermo de pena. Su padre, el prefecto, la citó ante el tribunal, y al no poder obligarla a casarse con su hijo, la dejó elegir entre hacer un sacrificio a los dioses o el deshonor. Conducida desnuda a un prostíbulo, los cabellos se le alargaron al instante cubriendo su cuerpo. Como si esa melena no bastase, un ángel la envolvió en un manto blanco.

Era la patrona de las vírgenes romanas, de las novias y de los jardineros, porque la virginidad está simbolizada por un jardín cerrado o cercado.

En los mosaicos bizantinos está representada como orante, adornada de ricos vestidos, una diadema de perlas y una larga estola de oro. Es la primera santa que haya sido dotada con un atributo (siglo VI). Sus armas parlantes son el cordero blanco, símbolo de su pureza. El cordero no es sólo una alusión a su nombre. Es también un recuerdo de la visión de sus padres, quienes, ocho días después de su muerte, habrían visto aparecer a su hija con un cordero a su derecha. Se la reconoce también por la hoguera encendida cuyas llamas se alejan sin tocarla siquiera, por la espada, instrumento del suplicio, y por la palma del martirio.

Entre las escenas más representadas está la de los Desposorios Místicos, en la que el Niño Jesús le coloca un anillo de oro en el dedo.

Fuente: Iconografía del arte cristiano, de Louis Réau.

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