PERIODO BIZANTINO

El ascenso del emperador Constantino al poder absoluto provocó un vuelco en el status de la religión cristiana. El cristianismo pasó a ser la religión oficial del imperio, lo que dio lugar a un proceso de hondas repercusiones en Jerusalén: se identificaron y localizaron los lugares sagrados y en torno a dichos lugares se erigieron iglesias que pasaron a ser un centro de atracción para numerosos peregrinos de todas partes del imperio.

Este proceso influyó sobre el carácter de Jerusalén tanto en el plano material como en el espiritual. La ciudad creció en tamaño y población y concentró la atención del gobierno imperial y, además de numerosos peregrinos, atrajo también a muchos monjes y eclesiásticos que se instalaron en la ciudad y sus alrededores. Jerusalén pasó a ser la columna vertebral de las enseñanzas cristianas y de su creación espiritual.

Por orden del emperador Constantino y con el patrocinio de su madre, Helena, se erigió en el centro de la ciudad la iglesia del Santo Sepulcro. En la cima de monte Sión se construyó otra gran iglesia, a la que se denominó "Madre de todas las iglesias". En el siglo V se instaló en la ciudad la emperatriz Eudoxia, quien promovió la extensión de los confines de la ciudad hacia el sur; se reconstruyó la muralla que rodeaba al monte Sión y la Piscina de Siloé, junto a la cual Eudoxia hizo construir una iglesia que lleva su nombre, así como otra iglesia, en el lado norte de la Puerta de Damasco, en honor de San Esteban.

Otro cambio importante en el status de Jerusalén se manifestó en el papel que la ciudad representaba para la jerarquía eclesiástica. Con el nombramiento del obispo de Jerusalén, Juvenal, como patriarca, la ciudad adquirió status de patriarcado, como ya lo detentaban Roma, Constantinopla, Antioquía y Alejandría.

En el siglo VI se prolongó hacia el sur el trayecto del cardo , la calle principal de la ciudad, que comenzaba en la Puerta de Damasco. Se construyó cerca del extremo sur de la calle una iglesia de grandes proporciones, la "Nea" (nueva), en honor de María.

A comienzos del siglo VII, en el año 614, la Tierra Santa fue invadida por los persas, que conquistaron Jerusalén. La conquista fue muy sangrienta y miles de los habitantes de la ciudad fueron degollados. Numerosas iglesias fueron arrasadas, inclusive el Santo Sepulcro, mientras que otras sufrieron serios daños. Los persas dominaron en Tierra Santa quince años, hasta el 629, cuando el emperador Heraclio restauró el dominio bizantino. Pero menos de diez años después, en el 638, Jerusalén se rindió a los ejércitos de una nueva potencia que acababa de aparecer en el escenario de la Historia: los musulmanes.

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