| MEGIDDO
El Megiddo bíblico fue escenario de varias batallas que decidieron el destino de toda Asia al oeste del Eufrates. Rodeado por fortificaciones poderosas, equipado con instalaciones sofisticadas de agua, y adornado con palacios y templos impresionantes, Megiddo era la reina de las ciudades de Canaán e Israel. Hacia el 3500 a. C. Megiddo comenzó a dominar la zona circundante. Durante el segundo milenio, Megiddo era un centro de la administración egipcia en Canaán. Cuando las ciudades estado de Canaán se rebelaron contra el faraón, el ejército egipcio, dirigido por Tutmosis III, sorprendió a los rebeldes escogiendo la ruta más peligrosa del ataque (por el paso de Aruna). Tutmosis III sitió a la ciudad durante siete meses. Esta victoria decisiva hizo de Canaán una provincia egipcia en el Imperio Nuevo. En el archivo de el-Amarna se descubrieron seis cartas enviadas por Biridiya, el rey de Megiddo, al faraón Akenatón. Las cartas indican que Megiddo era una de las ciudades estado más poderosas de Canaán. Los magníficos marfiles encontrados en el palacio de la ciudad de la Edad de Bronce tardía atestiguan también la riqueza y grandiosidad de la ciudad y sus contactos culturales variados. En el siglo X a. C. había llegado a ser el centro de una provincia real de la monarquía unida. Los gobernantes repararon la fortaleza aún más elaboradamente que antes. Los palacios, sistemas de agua y fortificaciones del Megiddo israelita estaban entre los más elaborados de la Edad del Hierro que se han excavado en Oriente Medio. El faraón Shishak tomó después la ciudad. Su conquista del lugar se afirma en sus inscripciones en el templo de Karnak y en una estela erigida en el lugar. A mediados del siglo VIII a. C. el rey asirio Tiglath Pileser III había unido la región como una provincia real y había hecho de Megiddo su capital. Los restos más antiguos del yacimiento arqueológico se calcula que tienen 6000 años de antigüedad. Los arqueóologos han sacado a la luz al menos 20 estratos de ciudades (construidas o reconstruidas después de su destrucción. La ciudad tan bien fortificada tenía un punto débil: el manantial quedaba fuera de las murallas, por lo que resultaba fácil cortarle el suministro y sitiarla. Hacia el año 900 a. C., sus habitantes subsanaron esta eventualidad construyendo un túnel de 66 m. de largo bajo las murallas, para poder acceder al agua sin quedar desprotegidos. Esta obra maestra de la ingeniería de la época es uno de los atractivos principales del lugar. Se accede a él a través de una empinada escalera de caracol. Después de Salomón Meggido se convirtió en una ciudad de guarnición cuyos establos llegaron a alojar, quizás hasta 450 caballos en su época de mayor esplendor, durante el reinado del rey Acab. |