| LA MONARQUÍA Con la conquista de Jerusalén por el rey David, quien trajo el Arca de la Ley que hasta entonces se encontraba en Kiriat Yearim, la ciudad adquirió status nacional, como capital del pueblo de Israel, y status religioso como sede de sus más sagradas reliquias. El rey Salomón amplió la ciudad por el norte, incorporando la llamada colina del templo, hasta duplicar la extensión urbana, que alcanzó las 16 hectáreas. Sobre el llamado Monte del Templo construyó la Casa del Señor y, contiguo a ella, su propio palacio. En tiempos de Salomón Jerusalén se desarrolló como capital de un grande y rico estado, y se construyeron numerosos palacios y mansiones lujosas. Después de la muerte de Salomón el reino se dividió. Jerusalén quedó como capital del reino de Judea, mientras que la región norte del país pasó a ser el reino de Israel. Durante este periodo destaca el rey Ezequías (727-687 a. C.), que fortificó la ciudad. En la segunda mitad del siglo VIII a. C. el reino del norte cayó derrotado ante los asirios. El rey Ezequías, previendo el peligro en ciernes, extendió los límites de la ciudad, cuyas murallas abarcaron también los suburbios occidentales. También construyó un sistema de cisternas y acueductos que hasta el día de hoy lleva su nombre (el túnel de Ezequías), que llevaba el agua desde el manantial de Guijón (fuera de las murallas) hasta la piscina de Siloé (en su interior). En el año 701 a. C., después de haber conquistado casi todas las ciudades de Judea, el rey de Asiria, Sanaquerib, se dirigió a Jerusalén y le puso sitio, pero no logró conquistarla. Pero Jerusalén no se libró completamente de la seria amenaza de los reinos de Mesopotamia (primero Asiria y luego Babilonia). En el año 586 a. C. Jerusalén fue conquistada por el rey Nabucodonosor de Babilonia. El Templo fue destruido, la mayoría de los habitantes de la ciudad fueron exiliados a Babilonia y la ciudad arrasada quedó desierta durante cerca de medio siglo. |