ANICONISMO DEL PRIMER ARTE CRISTIANO

La opinión común de los especialistas de la arqueología cristiana ha sido que la primitiva Iglesia se mostró reacia a las imágenes. Para los primeros líderes eclesiásticos, unos en Oriente herederos de la tradición judaica y otros en Occidente nutridos de neoplatonismo, la imaginería no tenía sentido, porque la verdadera imagen de Dios es Cristo Jesús, y también el hombre santificado por la gracia, o mejor, la congregación de los elegidos. Han llegado hasta nosotros suficientes escritos de autores del siglo II (Taciano, Arístides, San Ireneo) y del siglo III (Tertuliano, Clemente de Alejandría o Orígenes) que dan la razón a quienes piensan que la ausencia de imágenes en esa primera era cristiana respondía al pensamiento de los líderes de la Iglesia.

En consecuencia, las primeras figuras que adornan las paredes de las catacumbas tuvieron que ser símbolos y alegorías. Durante los tres primeros siglos, mientras el arte cristiano cementerial va enriqueciendo su repertorio iconográfico, simbólico en su mayoría, la prevención iconófoba oficial debió de mantenerse, como consecuencia de la doctrina de los Apologetas de la época anterior. Esta tesis resulta lógica si se observa que, en el curso de los siglos IV y V, todavía tal actitud aparece con intermitencias. Son casos bastante indicativos el de la carta del historiador Eusebio de Cesarea a la princesa Constancia, hermana del Emperador; el canon iconófobo del concilio de Iliberris; el ejemplo de san Epifanio de Salamis, a fines del siglo IV, destruyendo en una iglesia de Palestina un lienzo con una imagen y el de Sereno, obispo de Marsella, todavía a fines del siglo VI, cuyo celo iconoclasta tuvo que enmendar el papa san Gregorio.

Henri Leclercq llega a decir que "el arte cristiano debe poco a la Iglesia (se entiende a la jerarquía de su tiempo), apenas la tolerancia, pues se introdujo en ella como un intruso y de una manera tan limitada, tan modesta, que se necesitó tiempo para darse cuenta de que existía y que quería vivir y ser reconocido. Cuando se comprendió esta ambición, era demasiado tarde para combatirla y desalentarla". Si no en estos términos tan radicales, el aniconismo de la primitiva piedad cristiana ha sido la tesis oficial de los arqueólogos e historiadores de la iconografía cristiana en el último siglo.

En el arte plástico paleocristiano podemos encontrar un arte abstracto (meramente ornamental), figurativo, con significación simbólica o alegórica o simplemente narrativa, e icónico. Aquí llamamos icónico a un arte en el que el artista invita al contemplador a concentrar su atenta y devota mirada en la figura o retrato de una persona. Si se tiene presente esta diversidad en las formas del lenguaje plástico, es inevitable admitir la tesis del aniconismo oficial en los tres primeros siglos del cristianismo. Es decir, que, aunque se admitiera la realidad de los orígenes tempranos de la iconografía (puesto que algunas figuras de significación cristiana aparecen ya en pinturas y relieves del primer tercio del siglo III), habría que dar por excluída la creación de imágenes, en cuanto iconoso (y mucho más su culto y veneración), hasta bien entrado el siglo IV.

Fuente: Historia del arte cristiano. Juan Plazaola.

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