LAS MURALLAS SERVIANAS

El cerco urbano más antiguo se conoce en general con el nombre de "Muralla Serviana"; su primer constructor habría sido el sexto rey de Roma, Servio Tulio, hacia mediados del siglo VI a. C. La actual muralla, de bloques de toba de la Grotta Oscura, por supuesto es mucho más tardía: fácilmente se puede datar hacia la primera mitad del siglo IV a. C.

En la actualidad se ha generalizado una tendencia a negar cualquier verosimilitud a la tradición antigua, no del todo justificada en este punto específico, pues no faltan indicios que nos harían suponer la existencia de unas murallas aún más antiguas. Tales testimonios son:

1) Las fuentes literarias que atribuyen al rey Servio Tulio la inclusión del Esquilino en la ciudad, e incluso quizá la del Quirinal y el Viminal (una tradición confirmada por la existencia de templos, al menos sobre la primera de estas colinas, desde el siglo VI). Si es así, no podemos pensar que la ciudad, totalmente desprovista de defensas por este lado absolutamente llano, haya permanecido abierta e inerme como presa fácil para cualquier atacante. El Agger, macizo terraplén defensivo con que contaba Roma en la zona comprendida entre el Quirinal y el Esquilino, debía tener un precedente desde el siglo VI a. C.

2) Tramos de muralla de cappellaccio, la toba del lugar, muy porosa, usada casi exclusivamente en la edad arcaica, que se conserva en diversos puntos de la ciudad. En el siglo IV a. C. fueron restaurados con bloques de toba de Grotta Oscura, lo que prueba su mayor antigüedad respecto a loa últimos.

3) Las investigaciones arqueológicas demostraron que en muchas ciudades de Etruria y de Lacio había muros defensivos ya en el siglo VI a. C., si no antes.

En cualquier caso, este cerco más antiguo, de toba, seguía en casi todos sus puntos el mismo trazado que tuvieron las murallas posteriores hechas con el material de Grotta Oscura, con el que se alzó la nueva muralla, después de la ocupación gala (390 a. C.), que constituyó una prueba de la debilidad de las defensas de la ciudad. Livio nos da la fecha exacta cuando recuerda que los censores del 378 a. C. adjudicaron la construcción de la nueva muralla, que se debía hacer saxo quadrato, con bloques cuadrados. La toba que se empleó fue la de las canteras de Grotta Oscura, que era accesible desde la conquista de Veyes, ocurrida en el 396 a. C.

Las restauraciones de las murallas se fechan en el 353, en el 217, en el 212 (durante la segunda guerra púnica) y en el 87 a. C. (durante la guerra civil entre Mario y Sila). La técnica de construcción del muro del siglo IV es idéntica en todas partes: las hiladas de los bloques (en general de unos 59 cm., o sea, dos pies romanos) están dispuestas alternativamente de cara y de canto. La altura total era de unos 10 m., y el espesor de más de 4 m. en algunos puntos. La obra necesitó de la colaboración de muchos canteros que trabajaron al mismo tiempo, como se advierte en los puntos de unión, donde los tramos hechos por cada trabajador se tocan y no coinciden perfectamente. También se atendía a la organización de la cantera, lo que se ve con claridad en las numerosas marcas visibles en los bloques, que se explican como un medio para controlar el trabajo cumplido por cada cantero u operario.

La longitud total de las murallas llegaba casi a 11 km, en torno a una superficie de unas 426 hectáreas que, aunque no estuviera del todo ocupada, configuraba la ciudad más extensa de la península itálica.

Su trazado, según se puede reconstruir a través de los vestigios y de las referencias antiguas, era el siguiente: el Capitolio estaba dentro de las murallas, que recorrían la ladera de la colina hacia la mitad de su altura, por el lado que daba al Campo de Marte. Una puerta, tal vez la Catularia, se debía abrir en la base de la escalinata que bajaba del Capitolio. Sobre el lado septentrional, es decir, el opuesto, se alzaba una puerta a los pies del Arx, aproximadamente donde hoy está el Museo del Risorgimento: se trata de la Porta Fontinalis. Después la muralla pasaba por la cumbre que separa el Capitolio del Quirinal, que desaparecería a causa de los trabajos de construcción del Foro de Trajano. Sobre el Quirinal se encuentra un núcleo de importancia. Se puede ver un resto de muralla, tal vez perteneciente a un lateral de la Porta Sanqualis. Dentro del cercano Palacio Antonelli se puede ver un arco de sillares de toba de Monteverde. No se trata de una puerta, sino de la abertura de un cuarto de balística, tal vez para catapultas. Desde aquí el muro seguía las laderas occidentales y septentrionales del Quirinal: en este tramo se abrían la Porta Salutaris y la Porta Quirinalis. Más adelante, la muralla describía un brusco giro hacia el sur, hasta llegar a la Porta Collina. En este punto comenzaba el tramo más fortificado, conocido con el nombre de Agger y prolongado hasta la Porta Esquilina; así protegía la parte más débil, totalmente llana, de la ciudad: el Quirinal, el Viminal y el Esquilino. Hacia la mitad del sector se abría la Porta Viminalis. A continuación, el curso de la muralla es menos seguro. Debía seguir por la Colina Opia, bajaría por el valle que hay entre esta montaña y el Celio, por cuya ladera subiría. Después de bajar del Celio, las murallas atravesaban el valle flanqueado por este monte y el Aventino, donde a poca distancia del lado curvo del Circo Máximo estaba la Porta Capena. El cerco de las murallas encerraba el Pequeño y el Gran Aventino. La muralla seguía por la ladera, a media altura, hasta sus últimas estribaciones meridionales.

Uno de los problemas más complejos es el recorrido que seguían entre el Aventino y el Capitolio. Una teoría afirma que el lado de la ciudad que daba al río no estaba cerrado por la muralla: sólo dos brazos protegían los lados del Foro Boario. Otra teoría asegura que hubo un brazo de muralla paralelo al Tíber, que desde al Aventino alcanzaba el ángulo suroccidental del Palatino, y de aquí, el Capitolio. Sin embargo, según las investigaciones arqueológicas, el trazado de la muralla seguía un recorrido mucho más cercano al Tíber.

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